Yo me pido ser …

Yo me pido ser …

Éramos entonces “esos locos bajitos”. Subirse a una piedra en la excursión de fin de curso y gritar: “Adelante mis valientes …”, mientras tu pandilla levantaba los palos al viento enardecidos y amenazando a no se sabía bien qué enemigo … O tumbar en la camilla imaginaria al amigo o amiga para practicar no se sabe qué operación a vida o muerte. O acunar a ese bebé temprano para que deje de pedir por esa boca inmóvil. O coger ese micrófono/escoba para sobrepasar a Elvis.

Pero eso era antes, hace muchos años, cuando teníamos “los ojos abiertos de par en par” cuando necesitábamos experimentar, sentirnos “otros”, cuando los límites de nuestra identidad eran difusos y necesitábamos ser lo que no éramos para afirmar lo que estábamos siendo.

Qué error tan grande haber olvidado aquellos juegos. Haber olvidado todos aquellos personajes, todos aquellos aprendizajes. Y todo para que hoy podamos decir “yo soy así”, al abrigo de nuestra agradable, tranquila, segura e inmutable zona de confort. Domesticados por “eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca”.

Pero como coaches sabemos del valor para el cliente de las perspectivas, de reflexionar la vida “como si”, de actuar “como si estuviera en”, de pensar “como  si fuera …”. Buscamos una reflexión temporal para descubrir, para sorprender, para transgredir, para tranquilizar; para que desde esa temporalidad (juego) se permita el cliente visitar, con la seguridad del regreso, quien no es, quien fue, quien puede llegar a ser, quien ve la vida de otra manera, otro personaje , o incluso  “qué te diría tu mascota sobre tu preocupación…”.

Yo trabajo en el aula personajes de musicales de Broadway que ven, cantan y se mueven en la vida de otra manera, pero cualquier “otro” vale para expandir la conciencia y la conducta del cliente, para abrirle a otros mundos, para facilitarle la entrada a ese mundo de los locos bajitos que decía Gila y que cantaba Serrat.

Porque hay otros personajes, pero todos están dentro del nuestro. Yo me pido ser … todos

 

 

Pianissimo, como si susurraras al oído.

Pianissimo, como si susurraras al oído.

Fueron varios días del otoño de 2012 llenos de metáforas. “Este pasaje es un susurro al oído a vuestra pareja”. Así nos explicaba el director la manera de interpretar aquel pasaje del coro de El Mesías “O thou that tellest …” que no conseguíamos cantar en “pianissimo”. Igual que en otros momentos nos habló de compases tormentosos, de legattos de agua fluyendo, de ritmos de trote majestuoso, etc.

La música está llena de “como si…”, porque su mejor expresión no tiene atributos más que a través de la metáfora: intente Ud. describir el Himno a la Alegría sin tararearla.

Y es que hay dos maneras de ver la realidad:

  1. Como es
  2. Como si

La realidad “como es” es necesaria. En la mayoría de las ocasiones, describir “lo que es” nos permite sobrevivir, movernos, comunicarnos, crecer, interpretar correctamente, centrarnos, etc. … (Ejemplo: pianísimo ES un volumen muy bajo).

Pero otras muchas veces “lo que es” se nos presenta limitado, constreñido, difícil de entender, incluso, a veces, doloroso para nosotros. Ejemplos: no se trata sólo de bajar el volumen, “esta es mi cruz”, “no valgo para ello”, “soy incapaz”, etc. …  Es entonces cuando conviene cambiar al modo 2 de visión:  ver la realidad “como si” o a través de una metáfora.

La metáfora entonces nos desconecta de la realidad limitante y nos puede trasladar a un nuevo lugar, un lugar con nuevas posibilidades (“como si alguien me pisara el pecho” … quizás permite decir a alguien que deje de pisar), nuevas interpretaciones (susurrar al oído es otra cosa!), nuevos puntos de vista (“una jaula de grillos ..”, ah bueno, visto así tiene su gracia…)

Pero todos sabemos lo difícil que es a veces que las personas generen sus propias metáforas “expansivas”: personas con un hemisferio derecho olvidado, adultos que han perdido su Peter Pan, ejecutivos con pies de plomo, etc . Pues bien, la música les puede volver a conectar sus dos hemisferios y desarrollar su habilidad para crear metáforas: la música “como si”. Deje que la persona construya los “como si” de las piezas musicales, los “qué te sugiere” de las oberturas, los “qué ves aquí” de una balada, los “dibújame lo que oyes” de una sonata de piano, el “qué foto estás mirando” de un pasodoble …  Además de desarrollar la capacidad de “metaforear” del otro, nos dará muchas herramientas/pìstas para trabajar.

Ahora seguiré estudiando la canción “In taberna cuando sumus”, del Carmina Burana, COMO SI estuviera con todos mi amigos en un bar y todos cantando y alzando la copa de cerveza …

EL ULTIMO CONCIERTO (A late quartet): metáforas y emociones.

EL ULTIMO CONCIERTO (A late quartet): metáforas y emociones.

A finales de agosto se estrenó en España “El último concierto”, con casi un año de diferencia con el estreno en EEUU. Demasiada espera.

Confieso mi melomanía, mi pasión por la ejecución musical, concretamente la música coral. Siempre me ha llamado la atención, y me entusiasma, el uso de las metáforas que, en el proceso de aprendizaje de una obra, suelen utilizar los directores: “… este pasaje es susurrado al oído….”, “… aquí estáis hablando de amor a vuestra pareja …”, “… aquí es una explosión de fuegos artificiales …”, “… sentir la suave caricia de la música en los primeros compases …”. Y es que la música es una compleja metáfora de las emociones.

105 minutos de metáforas y emociones, eso es “El último concierto”.

Un exitoso cuarteto de cuerda que esconde entre bastidores toda una tormenta de frustraciones, envidias, deseos reprimidos, egos incontrolados, amores, odios, satisfacciones, creencias limitantes, saboteadores …

Cuarteto como metáfora de equipo, instrumento como metáfora del rol, la fama como metáfora del autoengaño, la partitura como metáfora de zona de confort, la obra musical como metáfora del aquí y ahora. Y el invierno neoyorquino en Central Park como metáfora de una frialdad sostenida públicamente durante demasiado tiempo.

Y metáforas y emociones se revelan, explotan y salen a escena cuando una circunstancia inesperada amenaza la continuidad del cuarteto. Y todo ello construido sobre otra metáfora: el cuarteto para cuerda número 14 opus 131 de Beethoven, una obra que parece inacabada, que no tiene pausas entre movimientos (principio y fin se confunden), que no deja descanso y que por si fuera poco, se construye sobre una fuga: una misma melodía interpretada a destiempo por cada intérprete. Como la vida misma.

El film empieza con unos versos de TS Elliot, del libro “Four Quartet” (¿coincidencia?):

What we call beginning is often the end

And to make an end is to make a beginning.

The end is where we start from.

(Lo que llamamos comienzo es muchas veces el final

Y empezar es terminar.

El final es donde empezamos)

Y ellos: ¿terminarán disfrutando, tocando sin partitura, empezando de nuevo?

Y vosotros, si no habéis visto la película y estáis por las metáforas y la gestión de las emociones, dejad vuestra partitura a un lado e id a verla. Solo os he contado la mitad de la mitad.